La Opinión de Tenerife, 15 de agosto de 2010.
Los feligreses de la iglesia de Nuestra Señora del Rosario, en Valle Guerra, casi montan una revuelta popular al enterarse de que el Obispado de Tenerife había decido trasladar a su carismático párroco. Marcos García ha cautivado al pueblo en sólo dos años. Misas, encuentros, retiros espirituales... Todo lo que organiza se llena. El próximo 22 de agosto tocará decirle adiós con una gran fiesta de despedida.
LAURA DOCAMPO
Todos los colectivos vecinales de Valle Guerra pidieron audiencia recientemente con el obispo de Tenerife, Bernardo Álvarez, para averiguar el porqué del repentino traslado de su párroco, al que se oponen radicalmente. "Nos recibió y nos dijo con mucha tranquilidad que tenemos que aceptar la decisión que viene de arriba y nos recordó que el cura ha hecho votos de obediencia". "Siempre tenemos encima de nosotros a alguien que manda más y no queda otra que aceptar lo que no podemos remediar. Por esto no vamos a perder la fe, pero le aseguro que lo echaremos mucho de menos", precisa Concha Mendoza, presidenta de la asociación Atlántida de amas de casa de Valle Guerra.
En una época en la que la religión católica atraviesa horas bajas, el sacerdote Marcos García se había convertido en el artífice de un milagro: volver a llenar una iglesia. García llegó al templo de Nuestra Señora del Rosario, de Valle Guerra, el 18 de septiembre de 2008. Sus antecesores fueron los curas Fermín y Óscar. Ambos eran muy mayores y estaban gravemente enfermos. De hecho, el primero falleció mientras desarrollaba su labor parroquial y fue reemplazado por el otro. Durante esos años, la comunidad cristiana de la zona no encontró el cobijo que esperaba en sus líderes espirituales y el templo comenzó a perder feligreses. No había muchas actividades dentro de la iglesia ni tampoco los religiosos se relacionaban con los vecinos porque su frágil estado de salud no les permitía prodigarse en actos públicos. Todo terminó por generar una brecha que alejó a la comunidad y vació el templo.
"Cuando Marcos llegó con su juventud y su carisma, mucha gente comenzó a ir de nuevo a la iglesia. De pronto, dio un vuelco", recuerda Mendoza. Tanto ella como muchos otros vecinos definen al cura como un hombre "cercano y afable", que siempre está dispuesto a ir donde lo inviten. Por eso es habitual verlo en un cumpleaños, una boda o un tenderete. "Para mí es inherente a mi labor como sacerdote estar lo más cerca que pueda de la sociedad que me rodea. Los religiosos no sólo predicamos en la iglesia, sino que tenemos que ser parte de la vida social y cultural de nuestra congregación", afirma García.
A sabiendas del cariño que le profesan los fieles, admite que la experiencia en Valle Guerra ha sido "inolvidable". "Nunca olvidaré a la gente noble y trabajadora que he conocido aquí. Han sido años muy gratificantes".
Uno de los aciertos que le reconocen, además de convocar a más de 400 personas a las eucaristías del fin de semana, es el haber sabido relacionarse con los jóvenes. "Es verdad que esta iglesia necesitaba revitalizarse y yo me entregué a esa tarea con gran entusiasmo. Los jóvenes han sido una de mis prioridades y con ellos he trabajado mucho en catequesis", detalla.
Algunos vecinos achacan esa buena sintonía a su juventud. Al mencionarlo, él se ríe. "Bueno, tengo 48 años. Tan jovencito no soy", afirma entre risas. Una de las anécdotas que destaca entre sus recuerdos demuestra su amistad con algunos de los adolescentes del barrio: "Hace unos días, Rodrigo, uno de los monaguillos, me demostró su generosidad con un regalo muy especial. Me trajo una escultura de Jesús que había hecho en barro. Es una pieza con muchos detalles que me gustó muchísimo".
García también ha trabajado con grupos de matrimonios y con vecinos de la tercera edad (grupo de Vida Ascendente); ha organizado convivencias, peregrinaciones, actos benéficos y foros de reflexión. Para ello ha contado con el apoyo de un grupo de colaboradores con los que, por ejemplo, organizó una cena benéfica en la se recaudaron 5.000 euros para el mantenimiento de la iglesia.
Manuel García nació en Icod de los Vinos, donde aún reside su familia. Antes de llegar a esta zona de La Laguna trabajaba en el seminario diocesano como maestro con el grupo de estudiantes de bachiller de la ESO y antes lo había hecho en una iglesia de La Gomera.
El próximo día 22, al mediodía, dará su última misa en la iglesia del Rosario. El 15 de septiembre asumirá la labor pastoral de tres parroquias de Los Realejos: La Concepción, El Carmen y San Joaquín y Santa Ana. La Diócesis Nivariense quiere aprovechar su carisma para intentar reflotar estas iglesias que "están un poco tristes", admite el sacerdote. El pueblo lo despedirá con una gran fiesta, en cuyos preparativos ya trabaja.
Aunque toda marcha genera cierta nostalgia, el sacerdote prefiere dejar de lado cualquier tipo de tristeza y acepta con resignación el nuevo rumbo. "No me puedo entristecer. En la entrega al señor está implícito saber que llegará un día en el que me tenga que marchar", concluye.
Enlace a la noticia.
Todos los colectivos vecinales de Valle Guerra pidieron audiencia recientemente con el obispo de Tenerife, Bernardo Álvarez, para averiguar el porqué del repentino traslado de su párroco, al que se oponen radicalmente. "Nos recibió y nos dijo con mucha tranquilidad que tenemos que aceptar la decisión que viene de arriba y nos recordó que el cura ha hecho votos de obediencia". "Siempre tenemos encima de nosotros a alguien que manda más y no queda otra que aceptar lo que no podemos remediar. Por esto no vamos a perder la fe, pero le aseguro que lo echaremos mucho de menos", precisa Concha Mendoza, presidenta de la asociación Atlántida de amas de casa de Valle Guerra.
En una época en la que la religión católica atraviesa horas bajas, el sacerdote Marcos García se había convertido en el artífice de un milagro: volver a llenar una iglesia. García llegó al templo de Nuestra Señora del Rosario, de Valle Guerra, el 18 de septiembre de 2008. Sus antecesores fueron los curas Fermín y Óscar. Ambos eran muy mayores y estaban gravemente enfermos. De hecho, el primero falleció mientras desarrollaba su labor parroquial y fue reemplazado por el otro. Durante esos años, la comunidad cristiana de la zona no encontró el cobijo que esperaba en sus líderes espirituales y el templo comenzó a perder feligreses. No había muchas actividades dentro de la iglesia ni tampoco los religiosos se relacionaban con los vecinos porque su frágil estado de salud no les permitía prodigarse en actos públicos. Todo terminó por generar una brecha que alejó a la comunidad y vació el templo.
"Cuando Marcos llegó con su juventud y su carisma, mucha gente comenzó a ir de nuevo a la iglesia. De pronto, dio un vuelco", recuerda Mendoza. Tanto ella como muchos otros vecinos definen al cura como un hombre "cercano y afable", que siempre está dispuesto a ir donde lo inviten. Por eso es habitual verlo en un cumpleaños, una boda o un tenderete. "Para mí es inherente a mi labor como sacerdote estar lo más cerca que pueda de la sociedad que me rodea. Los religiosos no sólo predicamos en la iglesia, sino que tenemos que ser parte de la vida social y cultural de nuestra congregación", afirma García.
A sabiendas del cariño que le profesan los fieles, admite que la experiencia en Valle Guerra ha sido "inolvidable". "Nunca olvidaré a la gente noble y trabajadora que he conocido aquí. Han sido años muy gratificantes".
Uno de los aciertos que le reconocen, además de convocar a más de 400 personas a las eucaristías del fin de semana, es el haber sabido relacionarse con los jóvenes. "Es verdad que esta iglesia necesitaba revitalizarse y yo me entregué a esa tarea con gran entusiasmo. Los jóvenes han sido una de mis prioridades y con ellos he trabajado mucho en catequesis", detalla.
Algunos vecinos achacan esa buena sintonía a su juventud. Al mencionarlo, él se ríe. "Bueno, tengo 48 años. Tan jovencito no soy", afirma entre risas. Una de las anécdotas que destaca entre sus recuerdos demuestra su amistad con algunos de los adolescentes del barrio: "Hace unos días, Rodrigo, uno de los monaguillos, me demostró su generosidad con un regalo muy especial. Me trajo una escultura de Jesús que había hecho en barro. Es una pieza con muchos detalles que me gustó muchísimo".
García también ha trabajado con grupos de matrimonios y con vecinos de la tercera edad (grupo de Vida Ascendente); ha organizado convivencias, peregrinaciones, actos benéficos y foros de reflexión. Para ello ha contado con el apoyo de un grupo de colaboradores con los que, por ejemplo, organizó una cena benéfica en la se recaudaron 5.000 euros para el mantenimiento de la iglesia.
Manuel García nació en Icod de los Vinos, donde aún reside su familia. Antes de llegar a esta zona de La Laguna trabajaba en el seminario diocesano como maestro con el grupo de estudiantes de bachiller de la ESO y antes lo había hecho en una iglesia de La Gomera.
El próximo día 22, al mediodía, dará su última misa en la iglesia del Rosario. El 15 de septiembre asumirá la labor pastoral de tres parroquias de Los Realejos: La Concepción, El Carmen y San Joaquín y Santa Ana. La Diócesis Nivariense quiere aprovechar su carisma para intentar reflotar estas iglesias que "están un poco tristes", admite el sacerdote. El pueblo lo despedirá con una gran fiesta, en cuyos preparativos ya trabaja.
Aunque toda marcha genera cierta nostalgia, el sacerdote prefiere dejar de lado cualquier tipo de tristeza y acepta con resignación el nuevo rumbo. "No me puedo entristecer. En la entrega al señor está implícito saber que llegará un día en el que me tenga que marchar", concluye.
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